
La
formación de especialistas
en España. A propósito de los MIRs y MESTOs
Se
ha suscitado en La
Lista una apasionada discusión sobre los llamados Médicos
Internos Residentes (MIR) y los Médicos Especialistas Sin
Título Oficial (MESTO). Me pregunto
si los lectores no
españoles de La Lista comprenden algo de lo que se está
hablando. A ellos pues dirijo estos comentarios.
En
España, en la España
moderna, democrática y europea, el acceso a la especialidad
médica es una historia muy reciente. Hasta 1977 bastaba
inscribirse en los Colegios Médicos
provinciales en una
especialidad médica, la que uno deseara, para considerarse al
cabo de un corto tiempo, especialista. Quedaba al libre criterio
de cada médico considerarse, según
su buen saber,
especialista
en una determinada área del conocimiento y la práctica
médica.
Con la llegada del primer Ministerio de Sanidad en más de 40
años (¡) apareció la primer
disposición
legal, de rango
superior que regulaba las especialidades médicas y la manera de
acceder a ellas, así como los sistemas de formación y
aprendizaje. Por ejemplo, antes de
1977 había Cirujanos
Ortopédicos y a veces Traumatólogos. La nueva ley
definió la
especialidad Como Cirugía Ortopédica y
Traumatología (C.O.T.).
Para normalizar la situación de todos
los que entonces
ejercíamos como especialistas, cada uno formado como bien
había
podido, se pidió que se acreditara dos años como
mínimo de
formación en un hospital público de
reconocido prestigio.
Y
así lo hicimos muchos de nosotros y así tenemos pues el
título
de especialista C.O.T.
Pero
es
evidente
que
esa
era una situación excepcional y nada de recomendable para que
perviviera. Se publicó entonces una ley que además de
establecer las actividades médicas
que serían conocidas
como
especialidades, regulaba la manera de acceder a ellas. Se pensó,
y acertadamente, que era responsabilidad del estado formar a los
futuros especialistas
médicos, en centros hospitalarios, donde
se impartiera la práctica y la teoría correspondiente.
Esta
formación duraría de 3 a 5 años según la
especialidad
médica. La primera revolución
fue, entonces, que estos
centros
no necesitaban ser Hospitales Universitarios. Es decir, la red de
grandes hospitales del Ministerio de Sanidad podía
también
impartir docencia y formación
para los postgraduados
médicos.
Hasta entonces la formación y docencia estaba restringida a las
Universidades.
Para
acceder
a
esta
formación,
que sería retribuida económicamente por
el estado,
se estableció un examen de ingreso a la manera de lo que se
hacía y se hace en otros piases europeos
y en Estados Unidos. El
examen, al cual podían acceder todos los médicos
pretendía
medir el grado de preparación general adquirido en las
Facultades de Medicina. Este examen,
en el ámbito nacional, en
una fecha al año, es lo que se conoce como examen MIR. Unas 300
preguntas con múltiples respuestas exploran los conocimientos de
los candidatos.
Este tipo de examen era virtualmente desconocido
para los alumnos de Medicina de aquella época, formados y
criados en las grandes disertaciones de más páginas
escritas
mejor nota obtenida.
A
los primeros exámenes
MIR se presentaron cerca de 20.000 candidatos para tan solo unas
2000 plazas. Según la calificación obtenida se agrupaban
los
resultados de mayor a menor
y cada candidato elegía, en Madrid,
la especialidad que ofertaba el estado. Naturalmente las
especialidades más populares, como Cirugía General,
Medicina
Interna, Pediatría, eran
las primeras en solicitares. Los MIR
con peor nota elegían lo que quedaba o sólo podían
acceder a
algo que entonces se llamó Medicina de Familia y Comunitaria.
Esta especialidad
se separó en los últimos años y
tiene ahora
un examen propio.
En
aquel momento nadie
sabía en España cuántos especialistas había
ni cuántos eran
necesarios en un futuro inmediato. En las primeras ofertas de
formación tan sólo había unas
40 plazas para
C.O.T. repartidas
por todos los hospitales de España. El rápido crecimiento
de la
red pública de hospitales hizo patente la carencia de
especialistas C.O.T. Para suplir
esta demanda se contrató
médicos sin formación acreditada, a criterio de los jefes
de
servicio o directores del hospital. Son estos médicos, algunos
de ellos con ya muy larga experiencia,
los llamados MESTOs. Se
solucionó el problema y todo funcionó más o menos
bien, hasta
que las nuevas disposiciones legales que equiparan la formación,
títulos, especialidades, etc.,
con una normativa común
para
todos los piases de la Unión Europea (antes Comunidad Europea)
dejó a estos MESTOs en una situación de
indefinición
profesional y legal. Algunos MESTOs,
los que resultaban más
prescindibles terminaron como Médicos Generales Europeos, pero
había y hay hospitales donde si los MESTOs desaparecieran
habría que cerrar algunos servicios.
Son estos MESTOs que siguen
trabajando los que llevan años solicitando un reconocimiento de
su labor que les dé acceso a la obtención del
título de
especialista.
Nadie
discute
que
el
sistema MIR es el más eficiente para la formación de
especialistas. No hay duda que gran parte del progreso de la
Medicina española se debe a esta formación
reglada y
supervisada. Si algo hay que lamentar es que haya tardado tanto
tiempo en implantarse en España. Sin embargo, no es un sistema
del todo es perfecto y uno se pregunta
si esta polémica no
servirá para mejorar el acceso a la especialidad y para la
creación de sistemas de evaluación de la calidad de la
formación impartida, dos de las grandes críticas
que se
hacen
al MIR.El
examen MIR obliga al
candidato a elegir según la calificación obtenida en el y
no
según su vocación, lo que produce numerosas frustraciones
emocionales
que sin duda afectan al profesional cuando
practica
una especialidad que no es la esperada, y para toda la vida. Si
bien existe una Comisión Nacional de Especialidades que acredita
a los hospitales y otros centros como aptos
para la formación de
especialistas, la diferencia de un hospital a otro, de una
Comunidad Autónoma a otra, de un servicio a otro dentro
del
mismo hospital puede ser abismal. En la gran
mayoría de los
hospitales y en la totalidad de la práctica diaria la
formación
de los futuros especialistas está en manos de los médicos
clínicos, que no perciben remuneración
alguna por esta
labor.
Depende pues del interés personal, o de la capacidad individual
de cada médico, o del jefe de servicio, la calidad de
la
formación impartida al residente.
En muchas ocasiones entra en
conflicto la asistencia con la docencia. En nuestra especialidad,
en muy pocos centros la formación C.O.T. incide en aspectos como
ciencias básicas,
ortopedia técnica, biomecánica,
etc. Se
utiliza con frecuencia al MIR como mano de obra, barata, para
solucionar problemas asistenciales, especialmente la delicada
atención de las
urgencias traumatológicas, a veces
bordeando la
legalidad vigente. Para que decir que muy rara vez el residente
conoce la realidad asistencial de los pequeños hospitales, la
manera
como se estructura y trabaja la Atención
Primaria, o ha
tenido la oportunidad de completar su formación en el
extranjero.La
recompensa de aprobar el examen MIR es grande.
El candidato que
obtiene plaza tiene asegurada su especialidad. Rara vez, si
alguna, se ha expulsado a un residente de su formación.
No
existe en la práctica una evaluación anual obligatoria y
a
superar para continuar la formación. Bien o mal el residente
será especialista. Y cuando presente sus antecedentes
la
administración le premiará
con más puntos que si
hubiera
obtenido el premio Nobel de Medicina. Este era el caso de nuestro
y segundo premio Nobel D. Severo Ochoa. Si hubiera
concursado a
una plaza en el hospital de
Requena, Valencia, habría perdido
frente a un MIR, recientemente nombrado especialista. D. Severo
con todos sus trabajos, no habría conseguido
más de 3
puntos.
El joven
especialista, por haber hecho el MIR le hubiera casi,
triplicado.
C.P.L.
Mayo 1999